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El Hajj

El Hajj

Foto de la Meca durante el Hajj

Foto de la Meca durante el Hajj

Labbaika Allahuma labbaik, labbaika la sharika laka labbaik inna al hamda ua niamata laka ual mulk la sharika lak.

“Heme aquí, Oh Allah, heme aquí, heme aquí, no tienes asociado, heme aquí, ciertamente la alabanza te pertenece, Tuya es la bendición y Tuyo es el reino, no tienes asociado”.

Este es el dhikr exclusivo del Hajj (la talbía) y en él encontramos  la esencia y la realidad del Hajj, que etimológicamente quiere decir ‘contienda o enfrentarse a’. Es la obligación que tiene todo musulmán, hombre o mujer, libre y que pueda hacer el camino, de enfrentarse a sí mismo, abandonando su casa, su tierra, sus quehaceres habituales y toda su vida conocida, para realizar el viaje a la Casa de Allah, construida por Adam, alaihi salam, reconstruida por Ibrahim e Ismail y construida otra vez en el tiempo de Rasulullah, sala Allahu alaihi ua salam, antes de la Risala y otorgándosele el privilegio de colocar con sus propias manos la piedra negra en el lugar en el que se encuentra hoy.

En todos estos actos y en el cumplimiento de los ritos prescritos en el Hajj está el abandono de sí mismo y la oposición a sus hábitos, que lo purificarán para realizar la realidad de la talbía poniéndose completamente al servicio de Allah, actuando exclusivamente para obedecer la orden de Allah.

Al alcanzar el miqat (el lugar asignado para ponerse el ihram) uno se despoja de todos sus vestidos, toma un gusl (lavado completo ritual) y se viste con dos pedazos de tela sin costuras, abandona el cuidado personal −una de las sunnas del Hajj es estar desaliñado mostrando los signos de la dureza del viaje− y después de rezar dos rakats, se dirige hacia La Meca.

Al llegar a la Casa de Allah, el espacio por donde han circunvalado sus profetas y donde todos ellos han puesto sus labios, el mismo lugar donde se posarán los nuestros, la Piedra Negra, que fue testigo del pacto que contrajeron con Allah aceptando su tarea profética. Cumplimos con la sunna del Tauaf pisando por donde han pisado los profetas, los auliyya y los salihun de todos los tiempos, y lo sellamos con dos rakats en el Maqam de Ibrahim, jalilu Allah, sobre él la paz. Allí se produce el encuentro con la Umma respondiendo a la llamada que hizo Sayyidina Ibrahim cuando Allah le ordenó que llamase a los hombres al Hayy y a la Umra, y que vendrían de todo valle profundo, invitados por Allah, aza ua yalla, a su noble casa ancestral, y al llegar a ella no hay nada dentro. El encuentro con Allah está íntimamente ligado al encuentro con sus siervos, que lo han abandonado todo sumergiéndose en la acción exclusivamente dirigida a la obediencia y sumisión total a Él, yalla yallahu.

Después realizamos el Sai corriendo entre las dos colinas de Safa y Marua, conmemorando la inquietud de Hayyar buscando agua para su bebé Ismail, que estaba recostado en la arena junto a la Kaba y que al golpear el suelo con su talón surgió el agua de la fuente de Zamzam, como respondiendo a su anhelo; donde habían sido dejados por Ibrahim, encomendándoles a Allah, haciendo honor al dhikr que convirtió el fuego en frescura y solaz para él: “Hasbuna Allah ua niama al uaquil”. Este dhikr me trae a al memoria cierta ocasión en la que un domingo por la mañana, después de la recitación del Corán, mantuve una conversación con nuestro noble shaij en la que me dio una serie de instrucciones. Más tarde, en mi casa, al pensar en ello, me di cuenta de que ¡no me había dicho cómo hacerlo! Por la tarde, cuando fui a hacer magrib, al entrar en la mezquita, lo encontré sentado detrás de la única columna que había y me acerqué a él. Me senté a su lado. Él dijo: “Hasbuna Allah ua niama al uaquil”. Entonces le dije: “Ya Sidna Shaij, usted me ha indicado hacer lo que me ha expuesto pero no me ha dicho cómo”, y él dijo: “Hasbuna Allah ua niama al uaquil” con mucho énfasis. Entonces yo pregunté como un idiota: ¿y cuántas veces? Me miró extrañado y respondió: “Hasta que te des cuenta de qué es la realidad” Disculpad esta anécdota personal, pero creo que es ilustrativa.

Pero volvamos al Hajj. En el Hajj nos damos cuenta del resultado del esfuerzo en el camino de Allah, no en vano se ha dicho que el Hajj es el equivalente del yihad para las mujeres; superamos con creces todos los límites que creemos tener, tanto en el aspecto físico como en el carácter. Después del saludo a la Casa de Allah nos dirigimos al campamento de Mina en nuestro recorrido hacia Arafat, el lugar donde se encontraron Adam y Haua después de salir del Paraíso, el lugar del Reconocimiento. Arafat es el único rito del Hajj que no admite compensación. Quien ha estado en Arafat ha cumplido con el Hajj y quien no ha estado, no. En Arafat reconocemos nuestra condición, de pie, sin ningún tipo de protección en Yabal ar Rahma,  implorando a Allah que  supla todas nuestras imperfecciones y nos colme de Su favor y perdón, en un mizal (símil) del Yaum al Quiyyama, para poder reconocer Su alabanza, Su favor, Su reino y Su unicidad. Después de magrib abandonamos Arafat y nos dirigimos a Muzdalifa, donde acamparemos al aire libre y haremos acopio de las piedras necesarias para apedrear a los yamarat siguiendo la sunna de Sayyidina Ibrahim, paz sobre él. Después de rezar subh y hacer dua en el Mashair al Haram emprendemos el camino de vuelta a Mina en medio de ese río de creyentes que llena el valle bajo la luz de la aurora.

En Mina apedreamos al yamarat mayor y nos afeitamos la cabeza como si acabásemos de liberarnos de todo lo precedente al Hayy, para poder volver a nacer.

Luego volvemos Makka y hacemos un nuevo tauaf a la casa de Allah buscando su encuentro al besar la Piedra Negra, de la que dijo Umar, que Allah esté complacido con él: “Eres sólo una piedra y te beso porque Rasulullah te ha besado”.

Seguidamente nos despojamos del ihram y volvemos a Mina para apedrear a los yamarats durante los tres días del secado de la carne del sacrificio.

Durante todo este proceso prácticamente no bebemos más que agua de Zamzam, de modo que todo nuestro organismo está impregnado de ella. Acto seguido abandonamos todo el esfuerzo y disciplina del Hajj y saboreamos sus frutos en la Sunna de la visita a su noble Mensajero en la mezquita de Madina, donde lo saludamos y nos sentamos en el Rauda, acerca del que dijo sala Allahu alaihi ua salam: “Entre mi mimbar y mi tumba hay uno de los jardines del Jardín”. Y contemplamos la luz de su rostro en los rostros de todos los que se han purificado con el Hajj, reflejando la belleza de la obediencia a Allah y a su Mensajero.

Autor: Muhammad Rafiq Pallarés

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