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Insignificantes detalles esenciales y el arte de hacer la oración

Insignificantes detalles esenciales y el arte de hacer la oración

A la hora de hacer la oración, el Salat, la conciencia de lo que hacemos es esencial, y para esto es importante prestar atención a los detalles
A la hora de hacer la oración, el Salat, la conciencia de lo que hacemos es esencial, y para esto es importante prestar atención a los detalles

Por: Abdelhaqq Salaberría

Al leer este artículo, piensa en la forma en la que haces el Salat, la oración, y tendrá mucho más sentido. 

Lo externo y lo interno participan de una misma esencia. Decía un maestro de Meknes que “la comida es el alimento del alma; y la oración es el alimento del cuerpo”. La expresión de nuestro estado interno es nuestra apariencia física, como el cuadro o la composición musical nos describen el alma del artista.

Un desorden emocional tiene como consecuencia directa el caos en el orden espacial afectado por las personas. Pero también sucede el proceso inverso; la falta de equilibrio espacial afecta poderosamente a nuestras emociones y estados anímicos.

De ahí la crucial importancia de una arquitectura inspirada en la belleza de la simplicidad funcional que ayude a ordenar el espacio de modo que nos permita estar presentes en él con plenitud de sentidos.

El modo de abordar el presente, de vivirlo sin los ataques síquicos del ego, que a veces nos desequilibran con proyectos futuros y otras con frustraciones pasadas, es dedicándole plena atención, una minuciosa concentración en los detalles, por muy insignificantes que parezcan.

El arte del detallismo tiene especial relevancia en el Zen ya que es un ejercicio de concentración que nos permite abordar el tiempo presente con total intensidad, acotando poderosamente la influencia de las tormentas de ideas que se generan en nuestro cerebro. La ceremonia del te, el arte de la jardinería o el iai-do (arte marcial de desenvainado del sable), son ejemplos de la ritualización de una actividad humana dedicándole a los detalles mínimos la máxima importancia. Son excelentes disciplinas para entrenar el carácter de cara a la cotidianeidad.

En Occidente, más acostumbrados a planificar nuestras acciones en función de objetivos futuros y a concentrar nuestro esfuerzo en el fin, sin reparar demasiado en los medios, resulta chocante y hasta excesiva esa minuciosa dedicación, propia de Oriente, dedicada a alcanzar la perfección en cada uno de los insignificantes movimientos de una acción como servir el té, podar un bonsái o realizar una tabla de ejercicios con el sable. Para lograr atrapar el momento presente en la red de nuestros sentidos, prestamos toda nuestra atención a cómo doblar un kimono, la colocación de los elementos de la vajilla, la manera de desplazarnos en presencia de otras personas, la realización de los saludos o el modo en el que ordenaremos las piedras de nuestro jardín.

Todo tiene su origen en la meditación. Concentrar nuestra mente en el no pensamiento, en alcanzar la vacuidad del recipiente para poderlo llenar con la energía que nos rodea. Es “morir antes de morir” y es “dejar de ser uno mismo para ser uno”. Una meditación que debe acompasarse con la respiración y una posición del cuerpo cómoda, relajada y contenida.

No prestar atención a los pequeños detalles, no estar presente en un mundo en constante cambio y a la vez transformativo, es tan peligroso como conducir y a la vez leer un mapa en el GPS. Una décima de segundo de despiste y estamos muertos.

Las decisiones aparentemente más triviales a veces nos cuestan la vida. Tal es la importancia crucial de estar concentrado en el momento presente.

En un mundo tan complejo e interdependiente como el moderno nos podemos ver, en un abrir y cerrar de ojos,atrapados en una situación catastrófica sólo por haber tenido un simple y leve descuido. Por ejemplo, por haber dado por sentado algo que no era cierto, por no haber preguntado una cosa obvia, o por no prestar atención a un signo que ya nos avisó en el pasado del peligro que suponía ignorar esa advertencia.

De nada nos servirá después la pregunta retórica ¿Por qué no pregunté antes? ¿Por qué no leí la letra pequeña? ¿Por qué me fié de esta persona? ¿Por qué no dije que no? ¿Por qué firmé aquello? ¿Cómo no reparé en esto? Etc.

Mientras nuestro cerebro está ocupado en crear la ficción que llamamos “nuestra vida”, una realidad virtual llena de falsas apariencias y velos, despreciamos los signos de la realidad de nuestro presente que nos está informando puntualmente acerca de cuál es la verdadera naturaleza de nuestro ser, la exacta relación de éste con el resto de la creación, y su exacto papel en el engranaje de la existencia.

Si no queremos tener un accidente tras otro, si no queremos perder la vida por un descuido, debemos concentrarnos en vivir el momento presente con total intensidad, y para ello no hay mejor disciplina que la meditación diaria y la dedicación a una actividad que requiera nuestra máxima concentración en cada uno de sus detalles.


Fuente: https://islamhoy.com Con ligeras modificaciones editoriales

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